Archivo por autor

Colosenses 3, 1-11

Hermanos: Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos juntamente con él.

Den muerte, pues, a todo lo malo que hay en ustedes: la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos y la avaricia, que es una forma de idolatría. Esto es lo que atrae el castigo de Dios sobre aquellos que no lo obedecen.

Todo esto lo hacían también ustedes en su vida anterior. Pero ahora dejen a un lado todas estas cosas: la ira, el rencor, la maldad, las blasfemias y las palabras obscenas. No sigan engañándose unos a otros; despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va adquiriendo el conocimiento de Dios, que lo creó a su propia imagen.

En este orden nuevo ya no hay distinción entre judíos y no judíos, israelitas y paganos, bárbaros y extranjeros, esclavos y libres; sino que Cristo es todo en todos.

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de María, y esta fiesta nos recuerda el comienzo de su extraordinario y único camino […] Fue ella quien dio a Cristo al mundo y le dio la posibilidad de decir «sígueme» a tantos. Pero, aunque nunca escuchó la palabra «sígueme» en esa forma evangélica, podríamos llamar clásica, María ciertamente recibió esta palabra, su significado esencial, desde el comienzo de su vida, desde sus primeros años, y especialmente en el momento decisivo en que se le anunció la gran Buena Nueva, que también fue difícil para aquella joven, pero fue grande, buena, para ella y para toda la humanidad. Y sabemos cómo respondió María: «He aquí la esclava del Señor», y aceptó lo que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo quería de ella. Lo aceptó. […] Así que, espero que en este día solemne, en este día mariano, puedan encontrar a María. Espero que todos, incluso los que están fuera, que quizás se han extraviado, nunca pierdan al menos un poco de conexión con esta maravillosa mujer, con esta humilde mujer, con esta sierva de Dios que es María. Pero les sugiero que experimenten esta experiencia de su propio «yo», de su propio misterio, del misterio de su propio «yo» humano y cristiano, junto con ella, con María de Nazaret, con María del Calvario, con María de Pentecostés, del Cenáculo, con María de tantos lugares. (San Juan Pablo II – Discurso a los jóvenes durante la Visita Pastoral a Vicenza, 8 de septiembre de 1991) (San Juan Pablo II – Discurso a los jóvenes en la Visita Pastoral a Vicenza, 8 de septiembre de 1991)

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abra¬¬ham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos; Judá engendró de Tamar a Fares y a Zará; Fares a Esrom, Esrom a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró de Rajab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, Obed a Jesé, y Jesé al rey David.

David engendró de la mujer de Urías a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abiá, Abiá a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatam, Joatam a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquim, Eliaquim a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: «José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.

Comentarios recientes
    Archivos
    Categorías

    Visitas: 3.309.823