Is 26, 1-6

Aquel día se cantará este canto en el país de Judá:
«Tenemos una ciudad fuerte;
ha puesto el Señor, para salvarla,
murallas y baluartes.
Abran las puertas para que entre el pueblo justo,
el que se mantiene fiel,
el de ánimo firme para conservar la paz,
porque en ti confió.
Confíen siempre en el Señor,
porque el Señor es nuestra fortaleza para siempre;
porque él doblegó a los que habitaban en la altura;
a la ciudad excelsa la humilló,
la humilló hasta el suelo,
la arrojó hasta el polvo
donde la pisan los pies, los pies
de los humildes,
los pasos de los pobres».

La redención, la revelación, la presencia de Dios en el mundo comienza así y es siempre así. La revelación de Dios se hace en la pequeñez. Pequeñez, tanto humildad como… muchas cosas, pero en pequeñez. Los grandes se presentan como poderosos, pensemos en la tentación de Jesús en el desierto, como Satanás se presenta como poderoso, dueño del mundo entero: «Te lo daré todo, si…». En cambio, las cosas de Dios comienzan brotando de una pequeña semilla. Y Jesús habla de esta pequeñez en el Evangelio […] En una comunidad cristiana donde los fieles, los sacerdotes, los obispos, no toman este camino de la pequeñez, no hay futuro, se derrumbará. Lo hemos visto en los grandes proyectos de la historia: cristianos que intentaron imponerse, con fuerza, grandeza, conquistas… Pero el Reino de Dios germina en lo pequeño, siempre en lo pequeño, la pequeña semilla, la semilla de vida. . Pero la semilla por sí sola no puede hacerlo. Y hay otra cosa que ayuda y da fuerza: “Aquel día brotará un retoño del tronco de Jesé, un retoño brotará de sus raíces. El espíritu del Señor reposará sobre él. (Santa Marta, 3 de diciembre de 2019)

Lc 10, 21-24

En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: «¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».

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