Archivo de la categoría ‘Palabras del Santo Padre’

«Dichosos los pobres… Dichosos los que ahora tenéis hambre… Dichosos los que lloráis… Dichosos vosotros cuando los hombres… proscriban vuestro nombre» por mi causa. ¿Por qué los proclama dichosos? Porque la justicia de Dios hará que sean saciados, que se alegren, que sean resarcidos de toda acusación falsa, en una palabra, porque ya desde ahora los acoge en su reino. Las bienaventuranzas se basan en el hecho de que existe una justicia divina, que enaltece a quien ha sido humillado injustamente y humilla a quien se ha enaltecido (cf. Lc 14, 11). De hecho, el evangelista san Lucas, después de los cuatro «dichosos vosotros», añade cuatro amonestaciones: «Ay de vosotros, los ricos… Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados… Ay de vosotros, los que ahora reís» y «Ay si todo el mundo habla bien de vosotros», porque, como afirma Jesús, la situación se invertirá, los últimos serán primeros y los primeros últimos» (cf. Lc 13, 30). (…) El Evangelio de Cristo responde positivamente a la sed de justicia del hombre, pero de modo inesperado y sorprendente. Jesús no propone una revolución de tipo social y político, sino la del amor, que ya ha realizado con su cruz y su resurrección. En ellas se fundan las bienaventuranzas, que proponen el nuevo horizonte de justicia, inaugurado por la Pascua, gracias al cual podemos ser justos y construir un mundo mejor. (Benedicto XVI – Ángelus, 14 de febrero de 2010)

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de María, y esta fiesta nos recuerda el comienzo de su extraordinario y único camino […] Fue ella quien dio a Cristo al mundo y le dio la posibilidad de decir «sígueme» a tantos. Pero, aunque nunca escuchó la palabra «sígueme» en esa forma evangélica, podríamos llamar clásica, María ciertamente recibió esta palabra, su significado esencial, desde el comienzo de su vida, desde sus primeros años, y especialmente en el momento decisivo en que se le anunció la gran Buena Nueva, que también fue difícil para aquella joven, pero fue grande, buena, para ella y para toda la humanidad. Y sabemos cómo respondió María: «He aquí la esclava del Señor», y aceptó lo que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo quería de ella. Lo aceptó. […] Así que, espero que en este día solemne, en este día mariano, puedan encontrar a María. Espero que todos, incluso los que están fuera, que quizás se han extraviado, nunca pierdan al menos un poco de conexión con esta maravillosa mujer, con esta humilde mujer, con esta sierva de Dios que es María. Pero les sugiero que experimenten esta experiencia de su propio «yo», de su propio misterio, del misterio de su propio «yo» humano y cristiano, junto con ella, con María de Nazaret, con María del Calvario, con María de Pentecostés, del Cenáculo, con María de tantos lugares. (San Juan Pablo II – Discurso a los jóvenes durante la Visita Pastoral a Vicenza, 8 de septiembre de 1991) (San Juan Pablo II – Discurso a los jóvenes en la Visita Pastoral a Vicenza, 8 de septiembre de 1991)

El discípulo de Jesús renuncia a todos los bienes porque ha encontrado en Él el Bien más grande, en el que cualquier bien recibe su pleno valor y significado. (…) Para explicar esta exigencia, Jesús usa dos parábolas: la de la torre que se ha de construir y la del rey que va a la guerra. (…) Aquí, Jesús no quiere afrontar el tema de la guerra, es sólo una parábola. Sin embargo, en este momento en el que estamos rezando fuertemente por la paz, esta palabra del Señor nos toca en lo vivo, y en esencia nos dice: existe una guerra más profunda que todos debemos combatir. Es la decisión fuerte y valiente de renunciar al mal y a sus seducciones y elegir el bien, dispuestos a pagar en persona: he aquí el seguimiento de Cristo, he aquí el cargar la propia cruz. Esta guerra profunda contra el mal. ¿De qué sirve declarar la guerra, tantas guerras, si tú no eres capaz de declarar esta guerra profunda contra el mal? No sirve para nada. No funciona… Esto comporta, entre otras cosas, esta guerra contra el mal comporta decir no al odio fratricida y a los engaños de los que se sirve (…) Estos son los enemigos que hay que combatir, unidos y con coherencia, no siguiendo otros intereses si no son los de la paz y del bien común. (Papa Francisco – Ángelus, 8 de septiembre de 2013)

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