Archivo de la categoría ‘Palabras del Santo Padre’

El que los doctores de la ley no entendían los signos de los tiempos, invocando un signo extraordinario. Y propuso algunas respuestas: la primera es que «estaban cerrados. Estaban cerrados en su sistema, tenían perfectamente acomodada la ley, una obra maestra. Todos los judíos sabían qué se podía hacer, qué no se podía hacer, hasta dónde se podía llegar. Estaba todo ordenado». A pesar de esto ellos «no entendían que Dios es siempre nuevo; jamás reniega de sí mismo, jamás dice que lo que había dicho era un error, jamás; sino que siempre sorprende. Y ellos no entendían y se cerraban en ese sistema hecho con tanta buena voluntad; y pedían» a Jesús que les diera «una señal», continuando sin entender «los numerosos signos que hacía Jesús» y permaneciendo en una actitud de total «cerrazón». Segundo, «habían olvidado que eran un pueblo en camino. Y cuando uno está en camino, se encuentra siempre cosas nuevas, cosas que no conoce. De aquí la recomendación final de reflexionar sobre este tema, de interrogarse sobre los dos aspectos, preguntándose: «¿Estoy apegado a mis cosas, a mis ideas, cerrado? O ¿estoy abierto al Dios de las sorpresas?». Y también: «¿Soy una persona inactiva, o una persona que camina?» «¿creo en Jesucristo y en lo que hizo», es decir «que murió, resucitó… creo que el camino siga adelante hacia la madurez, hacia la manifestación de la gloria del Señor? ¿Soy capaz de entender los signos de los tiempos y ser fiel a la voz del Señor que se manifiesta en ellos?» Podemos hacernos hoy estas preguntas y pedir al Señor un corazón que ame la Ley, porque es Ley de Dios, que ame también las sorpresas de Dios, y que sepa que esta santa Ley no es un fin en sí misma. (Homilía Santa Marta, 13 de octubre de 2014)

Jesús toma distancias de la oración de los paganos: «No charléis mucho: […] se figuran que por su palabrería van a ser escuchados» (Mateo 6, 7). Aquí quizás Jesús alude a esa «captatio benevolentiae» que era la premisa necesaria de muchas oraciones antiguas: la divinidad tenía que ser algo sosegada por una larga serie de alabanzas, incluso de oraciones. Pensemos en esa escena del Monte Carmelo cuando el profeta Elías desafió a los sacerdotes de Baal. Gritaron, bailaron, pidieron tantas cosas para que su dios los escuchara. Y en cambio, Elías estaba callado y el Señor se reveló a Elías. Los paganos piensan que, hablando, hablando, hablando, hablando, se reza. Y también pienso en muchos cristianos que creen que rezar es, —disculpadme—, «hablar con Dios como un loro». ¡No! La oración se hace desde el corazón, desde dentro. Tú, en cambio —dice Jesús— cuando reces, dirígete a Dios como un hijo a su padre, que sabe lo que necesita antes de pedírselo (Mateo 6, 8). Podría ser también una oración silenciosa, el «Padre nuestro»: en el fondo basta con ponerse bajo la mirada de Dios, acordarse de su amor de Padre y esto es suficiente para ser realizable. Es hermoso pensar que nuestro Dios no necesita sacrificios para conquistar su favor. No necesita nada, nuestro Dios: en la oración pide solo que nosotros tengamos abierto un canal de comunicación con Él para descubrirnos siempre como hijos suyos amados. Y Él nos ama tanto. (Audiencia general, 2 de enero de 2019)

En la página evangélica de hoy, Jesús se identifica no sólo con el rey pastor, sino también con las ovejas perdidas. Podríamos hablar de una “doble identidad”: el rey-pastor, Jesús, se identifica también con las ovejas, es decir, con los hermanos más pequeños y necesitados. Y así indica el criterio del juicio: se efectuará sobre la base del amor concreto dado o negado a estas personas, porque él mismo, el juez, está presente en cada una de ellas. Él es juez, Él es Dios-hombre, pero Él es también el pobre, Él está escondido, está presente en la persona de los pobres que Él menciona precisamente allí. Jesús dice: «En verdad os digo que cuanto hicisteis (o no hicisteis) a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis (o no lo hicisteis)» (vv. 40.45). Seremos juzgados por el amor. El juicio será por el amor. No por el sentimiento, no: por las obras, por la compasión que se hace cercanía y ayuda solícita. (Ángelus, 22 de noviembre de 2020)

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