La liturgia de hoy representa y actualiza de nuevo un «misterio» de la vida de Cristo: en el templo, centro religioso de la nación judía, en el cual se sacrificaban continuamente animales para ser ofrecidos a Dios, entra por primera vez, humilde y modesto, Aquel que. según la profecía de Malaquías, deberá sentarse «para fundir y purificar» (Mal 3, 3), en particular a las personas consagradas al culto y al servicio de Dios. (…) El Salmista, previendo esta venida, exclama lleno de entusiasmo, dirigiéndose al templo mismo: «¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra… El Señor de los Ejércitos: El es el Rey de la gloria» (Sal 23 [24], 7-10). Pero el «Rey de la gloría» es, ahora, un pequeño recién nacido de 40 días, que es llevado al templo para ser ofrecido a Dios, según la prescripción de la ley de Moisés. ¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El «la salvación» de Dios, la «luz para alumbrar a las naciones», la «gloria» del pueblo de Israel, la «ruina y la resurrección de muchos en Israel», el «signo de contradicción». Todo esto es ese Niño, que, aun siendo «Rey de la gloria», «Señor del templo», entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana. (San Juan Pablo II – Homilia en la Santa Misa por los religiosos y las religiosas en la Fiesta de la Presentación del Señor, 2 de febrero de 1981)

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