Archivo de la categoría ‘Palabras del Santo Padre’

Los discípulos de Jesús están cruzando el lago y se ven sorprendidos por una tormenta. Creen que podrán salir adelante con la fuerza de sus brazos, con los recursos de su experiencia, pero la barca comienza a llenarse de agua y les entra el pánico (cfr. Mc 4,35-41). No se dan cuenta de que tienen ante sus ojos la solución: Jesús está allí con ellos, en la barca, en medio de la tormenta, y Jesús duerme, dice el Evangelio. Cuando por fin lo despiertan, asustados e incluso enfadados porque creen que Él les deja morir, Jesús les reprende: «¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?» (Mc 4,40). He aquí, pues, el gran enemigo de la fe: no es la inteligencia, no es la razón, como por desgracia algunos siguen repitiendo obsesivamente, sino que el gran enemigo de la fe es el miedo. Por eso, la fe es el primer don que hay que acoger en la vida cristiana: un don que es preciso acoger y pedir cada día, para que se renueve en nosotros. Aparentemente es un don pequeño, pero es el esencial. (…) Jesús podría reprendernos con frecuencia, como a sus discípulos, por ser «hombres de poca fe». Pero es el don más feliz, la única virtud que nos está permitido envidiar. Porque quien tiene fe está habitado por una fuerza que no es sólo humana; en efecto, la fe «suscita» en nosotros la gracia y abre la mente al misterio de Dios. (Francisco – Audiencia general, 1° de mayo de 2024)

 A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso. (…) La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios.  (Benedicto XVI – Angelus, 17 de junio de 2012)

¿Con qué rasero mido a los demás? ¿Con qué rasero me mido a mí mismo? ¿Es un rasero generoso, lleno del amor de Dios, o un rasero de bajo nivel? Y con este rasero seré juzgado, no será otro: ese, precisamente el que yo hago. ¿Cuál es el nivel en el que he puesto mi listón? ¿Un nivel alto? Debemos reflexionar sobre esto. Y lo vemos no solo, no tanto en las cosas buenas o malas que hacemos, sino en nuestro estilo de vida actual. (…) Y como cristiano, me pregunto cuál es el punto de referencia, la piedra de toque para saber si estoy al nivel cristiano, al nivel que Jesús desea. Es la capacidad de humillarme, es la capacidad de sufrir humillaciones. A un cristiano que no es capaz de soportar las humillaciones de la vida le falta algo. Es un cristiano de fachada, o un cristiano egoísta. (…) «Con la medida con que midan, se les medirá», la misma medida. Si sigo un modelo cristiano, siguiendo a Jesús en su camino, seré juzgado por ese modelo, con mucha, mucha piedad, mucha compasión, mucha misericordia. Pero si mi modelo es mundano y solo uso la fe cristiana —sí, lo hago, voy a misa, pero vivo como una persona mundana— seré medido por ese modelo. (Francisco – Homilía en la Misa en Casa Santa Marta, 30 de enero de 2020)

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