Archivo de la categoría ‘Palabras del Santo Padre’

La compasión es un sentimiento que involucra, es un sentimiento del corazón, de las entrañas, lo involucra todo. No es lo mismo que «lástima» o «¡Qué lástima, pobres!». No, no es lo mismo. La compasión involucra. Es sufrir con… Esto es compasión. El Señor se involucra con una viuda y un huérfano… Pero digamos que tienes una multitud aquí, ¿por qué no le hablas a la multitud? Déjalo… la vida es así… las tragedias ocurren, ocurren… No. Para Él, esa viuda y ese huérfano muerto eran más importantes que la multitud a la que hablaba y que lo seguía. ¿Por qué? Porque su corazón, su ser mismo, estaban involucrados. Tuvo compasión. Para acercarse y tocar la realidad. Para tocar. No para mirarla desde lejos. Tuvo compasión –primera palabra–, se acercó –segunda palabra–. Luego obra el milagro y Jesús no dice: «Adiós, sigo mi camino»: ¡no! Toma al niño y ¿qué dice? «Se lo devolvió a su madre»: devolver, la tercera palabra. Jesús obra milagros para devolver, para poner a las personas en su lugar. Y eso es lo que hizo con la redención. Dios tuvo compasión: se acercó a nosotros en su Hijo y nos devolvió a todos la dignidad de hijos de Dios. Nos ha recreado. Todos. (Papa Francisco – Homilía en Santa Marta, 19 de septiembre de 2017)

Su contribución a una gran misión: apoyarnos para llevar la palabra del Papa a todos los hogares

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  • Los textos de la Sagrada Escritura utilizados en esta obra han sido tomados de los Leccionarios I, II y III, propiedad de la Comisión Episcopal de Pastoral Litúrgica de la Conferencia Episcopal Mexicana, copyright © 1987, quinta edición de septiembre de 2004. Utilizados con permiso. Todos los derechos reservados. Su parroquia podría usar un texto diferente
Audiencias Generales

17-09-2025 01:50

Audiencias Generales

Desde la Plaza de San Pedro, Audiencia General del Santo Padre

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17-09-2025 04:00

Juan, de los Doce el único presente en el Calvario vio y dio testimonio de que, al pie de la cruz, junto a otras mujeres, estaba la madre de Jesús (v. 25). Y escuchó con sus propios oídos las últimas palabras del Maestro, entre la cuales, estas: «Mujer, aquí tienes a tu hijo», y después, dirigiéndose a él: «Aquí tienes a tu madre» (vv. 26-27). La maternidad de María, a través del misterio de la cruz, dio un salto impensable. La Madre de Jesús se convirtió en la nueva Eva, porque el Hijo la asoció a su muerte redentora, fuente de vida nueva y eterna para todo ser humano que viene a este mundo. La fecundidad de la Iglesia es la misma fecundidad de María; y se realiza en la existencia de sus miembros en la medida en que estos reviven, “en pequeño”, lo que vivió la Madre, es decir, que aman con el amor de Jesús. Toda la fecundidad de la Iglesia depende de la cruz de Cristo. (Leone XIV – Jubileo de la Santa Sede, 9 de julio de 2025)

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna» (Jn 3,14-15). Este es el cambio radical, ha llegado a nosotros la serpiente que salva: Jesús, que, elevado sobre el mástil de la cruz, no permite que las serpientes venenosas que nos acechan nos conduzcan a la muerte. Ante nuestras bajezas, Dios nos da una nueva estatura; si tenemos la mirada puesta en Jesús, las mordeduras del mal no pueden ya dominarnos, porque Él, en la cruz, ha tomado sobre sí el veneno del pecado y de la muerte, y ha derrotado su poder destructivo. Esto es lo que ha hecho el Padre ante la difusión del mal en el mundo; nos ha dado a Jesús, que se ha hecho cercano a nosotros como nunca habríamos podido imaginar: «A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21). Esta es la infinita grandeza de la divina misericordia: Jesús que se ha “identificado con el pecado” en favor nuestro, Jesús que sobre la cruz —podríamos decir— “se ha hecho serpiente” para que, mirándolo a Él, podamos resistir las mordeduras venenosas de las serpientes malignas que nos atacan.

Hermanos y hermanas, este es el camino, el camino de nuestra salvación, de nuestro renacimiento y resurrección: mirar a Jesús crucificado. Desde esa altura podemos ver nuestra vida y la historia de nuestros pueblos de un modo nuevo. Porque desde la Cruz de Cristo aprendemos el amor, no el odio; aprendemos la compasión, no la indiferencia; aprendemos el perdón, no la venganza. Los brazos extendidos de Jesús son el tierno abrazo con el que Dios quiere acogernos. Y nos muestran la fraternidad que estamos llamados a vivir entre nosotros y con todos. Nos indican el camino, el camino cristiano; no el de la imposición y la coacción, del poder o de la relevancia, nunca el camino que empuña la cruz de Cristo contra los demás hermanos y hermanas por quienes Él ha dado la vida. El camino de Jesús, el camino de la salvación es otro: es el camino del amor humilde, gratuito y universal, sin condiciones y sin “peros”. (Papa Francisco – Homilia en la Santa Misa en Nur-Sultan, Kazakhstan, 14 de septiembre de 2022)

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